jueves, 27 de diciembre de 2012
Los muertos no se cuentan así: No todas las victimas son iguales para los medios
El nuevo movimiento estudiantil y el fin de las pedreas
domingo, 7 de octubre de 2012
Jorge Larreamendy-Joerns (1964-2012)
“who taught me that curiosity is the beginning of all science”En los malos momentos, solemos olvidarnos de las buenas horas. Por eso quisiera escribir de la forma en que siempre recordaremos a Jorge. Lo recordaremos con un cigarrillo en la mano, mientras lee un paper de cualquier estudiante en el tercer piso del G; lo recordaremos creyendo en la belleza de las palabras a pesar de los tecnicismos de la academia, insistiendo en la narrativa como en forma de convertirse en otro, sonriendo ante el provincialismo soterrado de alguna parte de la academia colombiana. Jorge se negó a publicar por publicar o a creer en el impacto sin el dialogo. No le importaba donde estuviera su grupo de Colciencias en tanto lo que se dijera allí fuera relevante. En una academia plagada de vacas sagradas, cuyo ego en muchos casos trasciende el poder de su talento, Jorge fue un intelectual global con el que se podía hablar de cosas simples: De él aprendimos que la diversidad de la psicología es lo que cuenta, que las diferencias culturales nos acercan, que para mandar un mensaje a la familia en el 96 tocaba a ir a una sala especial del Posvar Hall, que el verdadero pandebono no tiene bocadillo, y que hay tres reglas en la vida… Jorge era un tipo que podía entender la complejidad de la ciencia e ir sin odio de una explicación desde la psicología cognitiva a la reflexión desde la perspectiva socio-cultural. En una sola conversación, muchos lo vimos describir el funcionamiento de los modelos de inteligencia artificial, y después hacer una defensa de Lacan, o explicar discusiones epistemológicas con una cita de la literatura clásica. Quienes lo conocimos desde diversos roles, extrañaremos las hojas garrapateadas con correcciones, su firma en los libros de Simon, el acento caleño disimulado para cuadrar con el frío bogotano, su humor sin pretensiones, y la paciencia de quien enseña con el ejemplo, de quien cree que no hay que sermonear sino mostrar, de quien no práctica el networking porque sabe que los buenos argumentos se sostienen solos; extrañaremos su obsesión con la historia disciplinar como una fuente de inspiración e insight, y también la receta exacta del Pad-thai de los carritos que se parqueaban al frente de la Hillman library, que él con humildad fue a pedir antes de regresar a Colombia. Extrañaremos la forma en que elegía cuidadosamente cada palabra en sus textos al punto que, como una vez me confesó en el tiempo que compartimos oficina en Pittsburgh, se podía gastar todo un día escribiendo un sólo párrafo. Un estilo tan propio que más de una vez en revisiones anónimas para revistas era posible adivinar que era él quien estaba al otro lado. Quizá por la influencia de Estanislao Zuleta, su mentor, Jorge nunca abandonó las grandes preguntas, y combinó como nadie la reflexión fundamentada en las fuentes de la filosofía de la tradición continental, con la lealtad a los datos de quienes fuimos entrenados en la tradición norteamericana. Su legado no está en las múltiples distinciones que recibió a nivel internacional, no es la beca de la Spencer Foundation que se ganó para terminar la tesis de doctorado, ni siquiera está en la labor que llevó a cabo en los últimos años como editor en jefe de Mind Culture and Activity, o como miembro del comité editorial de la Review of Educational Research quizás dos de las revistas más importantes en educación en el mundo. Su legado vive en nosotros, quienes compartimos con él como estudiantes y colegas, vive en sus textos, en su labor como director del departamento de psicología de los Andes que en los últimos años le dejo al país un departamento formado al nivel de los mejores de Latinoamérica y que trajo quizá la más importante serie de presentadores internacionales que se haya visto jamás en Colombia (Jean Lave, Ellice Forman, etc). Su legado está también en aquellos que en la universidad pública vieron en él un modelo de rol para apostarle a nuevos rumbos, o los que, bajo su consejo, elegimos la universidad pública como proyecto. Su legado está en nosotros: los que aprendimos de él a escribir, y a creer que aún puede haber belleza en lo que hacemos desde las aulas ruidosas de la academia.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Construir una Nación Futbolística: Cultura y Proceso
jueves, 1 de septiembre de 2011
El Error del Mundial: Publicidad, Cultura y Fútbol
miércoles, 10 de agosto de 2011
Construir una Nación Futbolística: Tribuna 101
Había prometido dedicar este post a la comparación entre culturas futbolísticas y sus correlatos en las tradiciones publicitarias; tal vez a la banalidad con la que se intenta construir una imagen del país sin atender a su tradición y sus raíces, como si fuera suficiente con presentar comerciales en colores primarios, para construir una tradición propia. Sin embargo, he encontrado una mejor opción: la observación directa de la conducta de los fanáticos durante los partidos de Colombia en el mundial sub-20 y lo que ésto nos dice sobre la existencia o inexistencia de una nación futbolística.
No sé si el aumento en los precios de las boletas y la consecuente exclusión de las barras habituales explica lo que ha sucedido en los últimos partidos, pero lo cierto es que no pueden cantar más cuarenta Coreanos perdiendo que cuarenta mil bogotanos ganando, ni es excusable el silencio sepulcral que cubrió al Campín con el primer gol de Francia, ni es del todo respetable que los insultos que se escucharon cuando Peñalosa entró en la tribuna sur fueran perfectamente entendibles a veinte metros. Es un partido de fútbol por Dios santo. La barra debe silenciar al rival y animar al equipo local. El partido debe vivirse hasta el final. No, como es común con los hinchas bogotanos, o por lo menos los que van a este mundial, que afanados dejan la tribuna 5 minutos antes de que se acabe el partido (como si estuvieran perdiendo, cuando en realidad van ganando por 2 a 0).
Claro, el mundial ha contribuido a la construcción de una mínima tradición futbolística. Primero, el equipo juega bien, es ordenado y colectivo en muchos sentidos. Eso es bueno, pero no evitará que los hinchas abandonen al equipo o empiecen a insultarlo con el primer traspiés, como se escucha de vez en cuando en estos días en el Campín, cuando las cosas no salen. Segundo, hemos incorporado dos símbolos del fútbol: la ola y las vuvuzelas, o buselas como las llaman los vendedores ambulantes a la entrada del estadio. Dos símbolos, claro está, de grandes naciones futbolísticas, ganadoras y acumuladoras de trofeos: México y Sudáfrica. La ola, es cierto, es un símbolo del fútbol, pero no es un símbolo de ningún equipo (como dijo mi hermano cuando Malí se le venía encima a Colombia y la tribuna distraída se dedicaba levantar los brazos en vez de alentar al equipo). Las vuvuzelas, en cambio, no son, siquiera, un símbolo de este juego: silencian a la tribuna en un ruido amorfo que no anima al equipo, ni asusta al rival, ni presiona a los árbitros. Y es que, como sabe cualquier hincha, el estadio tiene que tener estados de animo; los sonidos del público deben seguir los ritmos del partido y las situaciones que se van dando. La tribuna debe cantar un canto colectivo, y sufrir o gozar con lo que está sucediendo en el verde infinito que se extiende bajo los reflectores.
Sin embargo, por momentos, el ambiente en el Campín, y me van a odiar por decirlo, se parece en cierta medida al de un partido de béisbol. En el partido contra Francia, el asistente del camarógrafo tenía que animar a la tribuna para que aparecieran cantando en las tomas de apoyo. En partido contra Corea, la gente aplaudía a la mascota y esperaba regalos (como en los peores partidos de los Piratas). Y en el partido contra Malí, la tribuna enardecida celebraba la asistencia anunciada por el parlante (40328 espectadores), en el justo instante en el que el equipo rival pegaba un tiro en el palo, dando la impresión de que el estadio en pleno estaba celebrando la acción de los africanos.
De pronto, lo que pasa es que nuestra tribuna como nuestros jugadores es débil mentalmente, se distrae con facilidad y se silencia. O peor, puede ser que la tribuna sea una metáfora del país. Nuestras barras, como el país, rara vez actúan en colectivo: mientras unos intentan cantar, otros chiflan y otros hacen ruido con las vuvuzelas, pero no hay una definición, un canto que unifique los esfuerzos. Nuestra barra, como el país, tiene serias dificultades para tomarse en serio su tarea: como un grupo de hinchas que cantaba “natalia”, “natalia” “tengo hambre” “tengo hambre” y otras frases sin sentido en los momentos más difíciles del partido contra Costa Rica, como si haciendo un chiste se fuera a solucionar el problema.
Para concluir, y para que no se me acuse de no hacer una crítica constructiva, he decidido escribir un pequeño manual “Tribuna 101”, sin pretender ni más saberme todos los cantos, ni ser un hincha de los que va todos los domingos al estadio. Un manual con los movimientos básicos que todo hincha (de Colombia) debe saber. El manual va a así: Cuando el rival tiene la bola se chifla, y si la pierde o la pasa mal se dice “buuu”. Cuando el arbitro pita contra el equipo local, se le grita ciego o “ese de rojo/negro %%&&$” dos veces seguidas. Cuando el arbitro pita a favor (independientemente de que lo haga bien o mal), se aplaude y se pide tarjeta. Oriental y Occidental presionan a los jueces de líneas: chiflan el fuera de lugar en contra, y aplauden el fuera de lugar a favor. Los cambios se aplauden y se corean los nombres de los jugadores (en el supuesto de que la tribuna los conozca). Si el jugador rival se bota en el piso, se le grita “llorón” (independientemente de que esté lesionado o no: la ecuanimidad no hace parte de este proceso). En los tiros de esquina se grita “y gol, y gol y gol” o “si se puede”. Si el rival se mete con un jugador del equipo (como sucedió ayer mientras la gente hacía la ola sin fijarse en lo que pasaba en el campo) se canta así: si el gentilicio del rival es de dos silabas, se grita el gentilicio dos veces y después un insulto que se usa primordialmente en Colombia. Si el gentilicio del rival es de tres silabas, se canta del gentilicio del rival y después un insulto que se usa primordialmente en México. Finalmente, cuando el equipo local tiene la bola se canta: “oe, oe, oe, oa que mi Colombia va a ganar”, o como mínimo "Colombia". No sobra aclarar, dadas algunas confusiones observadas en los partidos del mundial, que la tribuna no debe chiflar cuando el equipo local tiene la bola y no puede silenciarse cuando el rival ataca.
Ah, y cuando el arquero rival va a sacar, se estiran las manos y se dice... mejor vean este video (http://www.youtube.com/watch?v=T6SEedAPfUk ) y averigüen que están a punto de decir los mexicanos en la misma situación en el minuto 1:29 o lo que cantan los Coreanos en el segundo 21. Entonces, habrán pasado su primer nivel de “Tribuna 101”.
jueves, 28 de julio de 2011
Construir una Nación Futbolística: Identidad, Cultura y Realismo Cognitivo
La actuación de la selección Colombia en la reciente Copa América ha generado debate en los medios y ha enardecido nuestro tradicional espíritu derrotista en las redes sociales, sí, ese mismo que hemos conocido desde los tiempos de “¿A qué vamos si igual vamos a perder?”. La pregunta es, sin embargo, más profunda: podemos ganar algo grande sin ser una nación futbolística, si ésta es, en el mejor de los casos una nación micro-futbolera, de pases cortos y pisar la pelota, no de correr al espacio vacío, cruzar centros o hacer diagonales. No sería quizá el mejor remedio asumir con resignación, si se quiere con realismo, que no estamos hechos para ésto y hacer del patinaje nuestro deporte nacional.
Si nuestros cantos son prestados, versiones modificadas de cumbias argentinas acompañadas con iconos foráneos como las sombrillitas del Racing o de cualquier otro equipo del sur: ejemplos mal imitados de otras latitudes, como nuestro fútbol que desde la cancha del barrio hasta la selección cambia de estilo por semestres: un fútbol donde a veces se quiere jugar a lo brasileño – pero sin la movilidad sin balón que acompaña la gambeta- y a veces a lo alemán buscando el pase frontal y el “fútbol vertical”. País donde se idolatran los equipos extranjeros como queriendo rescatar algo parecido a un pasado europeo, un poco como nuestros antepasados que pegaban los segundos apellidos (Juan Perez Sanchez de Azcuenaga/Diana Martinez-Blair/John Sánchez Perez Ladrón de Guevara) para mantener la poca herencia europea que les quedaba. Si nuestro país es tan ajeno al fútbol, que no hay un canto que unifique a la tribuna -salvo el artificial E OE OE OE OE que se silencia como una sentencia en los momentos difíciles de los partidos, engrandeciendo al rival en el Campín-. En el mundial pasado, en los bares de Madison o Pittsburgh donde se reúnen los latinos inmigrantes a apoyar a sus equipos está diferencia era notable. Brasileños, Argentinos y Chilenos cantaban al unisono los cantos nacionales compartidos por todos (e.g. Ver este video por ejemplo para entender la especificidad de las formas de apoyar a los equipos en diferentes países), y la pregunta que venía a la mente era si en una situación análoga, en la victoria o en la derrota, pero en la cumbre de la experiencia cultural del fútbol, uno tendría palabras para cantar. No sería malo tener, por ejemplo, establecer un soy colombiano “en las buenas y en las malas” para que los hinchas dejaran de ponerse la camiseta de Brasil cuando la selección pierde. Tocaría eso si hacer una versión diferente que no fuera imitación del canto argentino. En el peor de los casos, deberíamos asumir algo parecido al canto español que descarta la victoria como objetivo y la remplaza por la experiencia colectiva: “hemos venido a emborracharnos el resultado nos da igual”. Tal vez, y asumiendo nuestros resultados recientes, podríamos intentar un canto de fidelidad a lo “You Never Walk Alone” o intentar remplazar con triunfos en otras áreas nuestro fracaso futbolístico; algo así como el “Two World Wars and One World Cup” de los ingleses. Intentar algo así como “primeros en fauna y flora y en café, y 35 en la clasificación de la FIFA”, o “Dos océanos, tres cordilleras, un pase errado y cuatro tarjetas amarillas”.
La pregunta es: deberíamos abandonar toda pretensión y todo sueño ad portas del mundial juvenil, y aceptar que nuestro país es tan ajeno al fútbol que no se necesita saber de fútbol para hacer publicidad sobre fútbol. Y no esto no sería de extrañar, sino fuera por el supuesto que en una nación futbolística todos deberían tener una idea básica de la historia y los procesos del fútbol. Sólo basta revisar los recientes comerciales de apoyo a la selección y promoción del mundial juvenil para entender el origen de la tragedia de nuestro juego colectivo: la ausencia de una cultura futbolística y la inexistencia de un realismo cognitivo. Por un lado los comerciales, son un fiel reflejo de una sociedad que no considera el fútbol una parte esencial de su cultura (es más esencial como se ve en los comerciales el baile); por el otro, los comerciales reproducen el voluntarismo de “creer es poder”, y “hay que sudar la camiseta”. Voluntarismo que contradice ideas respaldadas por la investigación cognitiva que señalan que el problema del desempeño experto no es la voluntad o la motivación, sino la práctica deliberada durante largos periodos de tiempo.
Sobre el primer punto, uno puede comparar claramente la diferencia en la cantidad de referentes culturales, y la especificidad de estos, entre, por ejemplo, los comerciales hechos en Argentina (e.g., Fui Yo el del palo en el último minuto contra holanda en el 78, fui yo el del travesaño contra Yugoslavia en el noventa, contra Brasil obviamente fui yo... Ustedes dirán: ¿dónde estuviste contra Suecia y contra Alemania? Que va ser, él de abajo también juega y los comerciales hechos en Colombia (e.g., la país donde el fútbol se baila). Si aceptamos por una vez que no somos una nación futbolística, debemos revisar cuales son nuestras opciones para alguna vez ganar algo. Una opción sería cambiar la cultura: empezando por construir un canto nacional y ponerlo en los periódicos para que la gente tenga con que alentar. Otra construir procesos de largo plazo, desde tener escuelas y canchas de fútbol en las ciudades hasta mantener los técnicos un tiempo suficiente como para que los jugadores automaticen los movimientos y el reconocimiento de patrones necesario para un desempeño experto. Diez años o diez mil chunks decía Herbert Simon se requieren para llegar al más alto nivel de desempeño , tal vez deberíamos darles a los jugadores de nuestra selección la quinta parte de este tiempo. Esos diez años no están en nuestra infancia porque no somos una nación futbolística. En el mejor de los caso, tenemos diez años de micro-fútbol y banquitas en la calle del barrio, pero ésto no implica que tengamos las habilidades básicas para fútbol: en el barrio por ejemplo es raro él que sabe cabecear o quien en vez de pisar la pelota como un jugador de micro-futbol, la pega al borde externo, o le pega de zurda. Ni hablar de los cambios de frente. El punto es que si queremos ganar alguna vez tenemos que construir una nación futbolística, a través de la cultura y los procesos.
Bueno tal vez haya otra opción: organizar campeonatos juveniles de local y jugar la final en Bogotá. Esperanza a la que nos aferraremos con las uñas durante el próximo mes.
La próxima semana "Cultura, Publicidad y Fútbol", y la que sigue "El Realismo Cognitivo y Los Procesos en los Deportes".