jueves, 27 de diciembre de 2012

Colombia es un país sin Internet


Siempre que uno vuelve al país después de pasar un tiempo largo afuera, hay un periodo de choque y un evento detonante. Para algunos ha sido por ejemplo estar a punto de morir atropellado por confiar en la luz roja, o discutir con alguien que se quiere colar en la línea de entrada a un banco. Para mí, fue darme cuenta de que vivo en un país sin Internet.
En los primeros días de mi regreso al país, intenté por varias semanas activar el sistema de pagos electrónicos de mi banco. Cuando llamé a preguntar, me dijeron que dado que no tenía clave para atención telefónica, ni para Internet, debía acercarme a una oficina (lo que estaba intentando evitar en primer lugar). Una vez allí, y después de esperar en línea media hora, una amable funcionaria me indicó que el trámite ya había sido solicitado pero que debía esperar una misteriosa llamada para verificar mi identidad. Pero si estoy aquí! pensé… ¿no sería más fácil comprobar que yo soy yo, y terminar el trámite de una vez?. Después de varios días, la famosa llamada al fin sucedió. En ella, me preguntaron la dirección y el teléfono de la casa donde había vivido 10 años antes, y mi historial de transacciones desde que abrí mi primera cuenta en un banco que ya no existe. Como fallé el test -obvio no me acordaba- la activación electrónica nunca se realizó. Después de intentar varias veces, y repasar, papeles en mano, mis direcciones anteriores, al fin logré pasar. El problema: cuando fui a intentar pagar la luz, me dijeron que debía realizar el mismo procedimiento -esperar la misteriosa llamada- para poder inscribir cada uno de los servicios. Así pasaron dos meses antes de que pudiera pagar algún servicio por medios virtuales. Cuando al fin lo logré, en la compañía inmobiliaria me empezaron a pedir los recibos pagados “con el sello”, como prueba de que efectivamente los había pagado. Como al fin había logrado activar los pagos electrónicos, no tenía prueba de que efectivamente los estaba pagando.
En el tiempo intermedio, empecé a darme cuenta que algo profundamente extraño pasaba con Internet en mi país: aunque formalmente estaba allí, y para efectos de interacción social funcionaba muy bien, ningún procedimiento efectivo podía realizarse por este medio. Cuando intenté pagar mi cuenta de teléfono celular a través de Internet, me encontré con un link de pagos online, en donde se presentaba una lista de las oficinas disponibles, y una invitación a acercarme a “cualquiera de nuestros puntos de pago”. En otra ocasión, cuando fui a comprar una entrada para un concierto, el pago se perdió, y tuve que acercarme a un centro de atención. El siguiente problema: el sitio web de la compañía que vendía las boletas no presentaba los horarios de atención. Hace poco, buscando la dirección de una compañía de envíos, descubrí que cuando hacía click en el mapa para ubicar las oficinas, aparecía un mapa de googlemaps sin indicación alguna de dónde quedaban.
En otra ocasión estaba intentando hacer una reservación en un hotel cerca de Bogotá y cuando llamé a preguntar si podía hacer una reserva, la persona que atendía me dijo que sí, que debía ir al banco, pagar, y mandarles un fax con el recibo. Después de llamar a varios hoteles de la zona, me dí cuenta de que esa era la regla más que la excepción.
Hace pocas semanas, advertí a una recién llegada sobre este efecto. Incrédula, ella intentó pedir un domicilio usando un formato para pedidos online en una famosa cadena de hamburguesas. “Ves que si se puede hacer online?” me dijo. Yo le advertí que era mejor llamar. Esperamos una hora, dos horas, hasta que llamaron del sitio. ¿Ustedes pidieron un domicilio? Sí! contestamos entre desesperados y expectantes. “Es para que por favor nos digan qué fue lo que pidieron porque el sistema no registra eso”.
Por supuesto, Internet sirve para efectos sociales, y ha habido un crecimiento gigante en uso y cobertura. Pero para la gran mayoría de propósitos prácticos, Internet es en Colombia lo que el correo fue por muchos años: una institución de baja credibilidad, sujeta al azar: un servicio del que las personas desconfían, temen. Varios de mis amigos en el exterior, me han confesado la sorpresa que les produce poder comprar cosas por Internet, y saber que éstas llegarán a casa. Aquí, en muchos sitios web, públicos y privados, proveer un servicio virtual, es más el producto de una transición de forma pero no de un cambio profundo en las formas de funcionamiento organizacional. Muchos sitios son literalmente innavegables: encontrar un servicio toma 10 o 15 minutos; hacerlo funcionar, media hora. Si Internet no sirve para los aspectos prácticos de la vida, es muy difícil que se convierta en un redistribuidor efectivo de bienes y servicios educativos y culturales.
El ministerio de TICs recibió esta semana el “Government Leadership Award 2012” por sus esfuerzos para ampliar la cobertura a través del programa “Vive Digital”. El Ministerio de Educación ha incorporado la educación digital dentro de sus programas bandera. Sin embargo, una transformación más profunda se requiere para que Internet se convierta en una realidad, y para que la educación digital sea efectiva en cambiar la cultura de uso y consumo de recursos digitales. Esta transformación debería empezar con que los empresarios, y los funcionarios que dirigen entidades públicas, entren de vez en cuando a los servicios virtuales de las organizaciones que dirigen, y revisen que sí estén funcionando.  Sin servicios virtuales eficientes es muy difícil que se empiece a cerrar de verdad la brecha digital. 

¿Quién le teme a la Wiki?


Con wikipedia en paro, wikileaks al borde la quiebra y Assange arrinconado para evitar su extradición, la furia institucional parece estar ganando la batalla. La pregunta es, entonces, si los cambios que sus autores pretendieron impulsar -la democratización de la información a través de los adelantos digitales-, trascenderán la gloria y la caída de las wikis. Lo que desconocen quienes cantan victoria desde la institucionalidad, y entre estos una buena parte de los actores educativos, es que la transformación en las formas de producción cultural es tan profunda que se requeriría cortar el cable para poder ganarla.
Existe un lugar común en algunos sectores intelectuales, particularmente entre una fracción importante de profesores y otros auto-nombrados protectores del saber público: Wikipedia es una fuente de desinformación. La verdad es que Wikipedia no es significativamente menos precisa que las enciclopedias y libros de texto usados por la mayoría de los adolescentes y que el razonamiento colaborativo, del cual Wikipedia es un ejemplo privilegiado, tiene una alta probabilidad de producir mejores resultados que los productos individuales (Ver Comentario). Wikipedia no es un recurso menor cuando se le compara con las fuentes de información que tienen las poblaciones no especializadas. De hecho, muchos de los artículos escritos anónimamente para la Wiki son realizados por estudiantes graduados o profesores cuya formación sobrepasa con creces la de los autores de los libros de texto.
Dicho esto, la pregunta es por qué existe tanta animadversión contra Wikipedia en algunos grupos intelectuales en el contexto Colombiano? La pregunta es, en otras palabras: ¿Quién le teme a Wikipedia?
Habría que empezar por señalar a aquellos que tuvieron el control del capital simbólico, el mapa de recursos de lo que es valioso o no dentro de los espacios intelectuales y sociales durante años, y lo perdieron con el advenimiento de la Internet. Los que tenían el poder económico para pagar una subscripción al New Yorker o al New York Review of Books en los 90´s y podían citar en sus artículos  las últimas tendencias de la intelectualidad global:  “Esos que llamábamos intelectuales, antes de la Internet”, como los refería, con ironía, el profesor argentino Marcelo Auday. De alguna forma, lo que los recursos virtuales, con Wikipedia a  la cabeza, han hecho a los detentores del capital simbólico es -usando una metáfora metalera- “caspearles el grupo”. Hacer popular lo que antes estaba restringido a una élite que se preciaba de sus méritos y coleccionaba recursos en función del control de ciertos códigos, ciertas formas de hablar, ciertas preferencias.
Para seguir habría que pensar en aquellos cuyo rol ha sido la acumulación y defensa del conocimiento. Y allí cabrían actores diversos: profesores simpatizantes de las pedagogías tradicionales, abogados educados en la memoria del código, productores de la industria cultural dependientes de un consumo mediático restringido. Aquellos a los que Wikipedia les quitó el monopolio del saber. Monopolio ya debilitado antes por las fotocopias y siglos antes por la imprenta. Con Wikipedia lo que uno dice como profesor está sujeto a revisión, siempre hay una segunda opinión. Y eso produce terror. El conocimiento público nos desviste de nuestras pretensiones intelectuales y hace evidentes nuestras debilidades.
Por último habría que señalar a los nostálgicos de la idea del autor. Aquellos para quienes el valor del conocimiento viene de quien lo dice y no de lo que se dice; aquellos para quienes la gloria consiste en ser ellos los primeros, y los únicos, que lo dijeron. Todavía hay profesores universitarios (no todos por supuesto) que eliminan sistemáticamente los coautores de sus textos -normalmente asistentes de investigación con menos poder y buenas ideas- a la hora de la publicación final. Como si no supiéramos todos, que al final del día, nuestras ideas surgen, en gran medida, de los intercambios que tenemos con nuestros grupos de investigación y con nuestros pares académicos.
Todavía hay quienes sueñan que se podrán encerrar por días en una habitación vacía y saldrán a los seis meses con una idea que cambiará el mundo. Para este grupo, Wikipedia es un peligro porque respalda la idea de que un producto intelectual confiable puede existir sin un autor. Como si las grandes enciclopedias no fueran también el producto de unos pocos elegidos arbitrariamente: lords ingleses en la enciclopedia británica, autores locales educados en colegios privados, profesores universitarios con un rubro en sus proyectos para financiar libros.
Cuando se habla alfabetización generalmente se piensa en la manera de lograr que grupos significativos de la población más vulnerable accedan a habilidades básicas de lectura y escritura. Esta preocupación, por supuesto, no es gratuita en un país donde más de un millón seiscientas mil personas no saben leer, ni escribir. Sin embargo, la alfabetización hoy requiere educar ciudadanos capaces de usar medios digitales y esto implica no solamente ser capaz de prender un computador y entrar a Internet; implica educar personas capaces de entender que, como dice Erica Halverson, la alfabetización no se reduce a saber consumir productos culturales sino también requiere ser capaz de producir contenidos. Ciudadanos capaces de entender el valor del razonamiento colectivo en ambientes virtuales y de aceptar sus matices. Los enemigos y los aliados de Julian Assange están entre nosotros, y las escuelas no están preparadas para educarlos.

Los muertos no se cuentan así: No todas las victimas son iguales para los medios


Por Javier Corredor
Hay tres momentos en la insuficiente producción mediática relativa a la memoria histórica en Latinoamérica que siempre me han impresionado. Uno, durante las visitas pedagógicas para la recuperación de la memoria de la masacre de Trujillo, un grupo de estudiantes de Cali viaja a la casa monumento que los habitantes de Trujillo han construido y defendido con las uñas (min 1:30). El viaje inicial destila la frivolidad de la adolescencia. Los muchachos hablan, bromean. Para ellos este es sólo un paseo más. Esto sucede en el bus, en el camino al monumento y en el corredor de la casa. Hasta que una niña entra y en medio de las bromas destinadas a ser olvidadas, mira el muro en donde están las fotos de los muertos, la galería, infinita en el alma de esta nación.
Y entonces sólo el silencio.


La cara de esa niña es la metáfora de un país que se despierta, atolondrado, dolido, consciente por primera vez del olvido del que ha sido cómplice desde el comienzo.

Los otros dos testimonios son la forma en que durante los periodos iniciales de la democracia, las estudiantes de un colegio de bachillerato chileno discuten cándidamente, casi con aceptación, las atrocidades de la dictadura, en “La Memoria Obstinada” de Patricio Guzmán (min 7:54), y la forma en que universitarios argentinos en los primeros años de la democracia justificaban las desapariciones y el robo de niños, sin ningún tipo de pudor, frente Estela Carlotto, una víctima emblemática de esa tragedia (min 4:30).
Lo que más me confronta de estos recuentos es darme cuenta del ambiente posdictactorial, a pesar de que no hubo dictadura, que se vive en Colombia. Un ambiente en el que el sufrimiento de las víctimas, particularmente las más pobres y alejadas del poder, es ignorado, y en muchos casos justificado en el imaginario público.
Olvido y medios
Pensando en esto, me fui y busqué unos datos que había recolectado hace años para una investigación que dejé olvidada por cosas más importantes, creía yo, hasta hoy. En esos datos básicamente le pedía a un grupo de universitarios bogotanos que miraran fotos de víctimas de la violencia colombiana, acribillados por sicarios en el genocidio de los 80s, emboscados en el surgimiento de la nación paramilitar de los 90s, secuestrados en el plan de guerra de la guerrilla con el que comenzó este siglo. Les pedí también que me dijeran si recordaban una cosa - aunque fuera una sola cosa!!!- de cada una de ellas. Después busqué en la base de datos de eltiempo.com cuántas veces cada una de esas víctimas había sido mencionada desde los noventa, y use técnicas estadísticas simples para hacerme una imagen de lo que estaba pasando. Dos cosas fueron claras, las víctimas pertenecientes a la derecha son más visibles en los medios y en la memoria. Dos, la memoria histórica depende de la frecuencia con la que se haga referencia a un evento, en este caso las circunstancias de una víctima, en los medios masivos.

En busca del tiempo perdido
Lo que estos dos resultados señalan es la necesidad de una agenda que no sólo reconstruya la verdad, como ya se está haciendo, sino que visibilice en los medios y en los contextos educativos lo que aquí pasó. Esto implica, por un lado, investigación empírica de diversos tipos -desde encuestas hasta análisis narrativos- que permitan evaluar el efecto de los esfuerzos por visibilizar la memoria histórica. Por otro, esta agenda requiere construir una nueva pedagogía, particularmente en Ciencias Sociales, para la recuperación de la memoria.


En la actualidad, existen importantes iniciativas para reconstruir lo que pasó y algunos intentos por visibilizar los resultados de estas investigaciones. Entre esas iniciativas podemos contar con espacios como "Verdad Abierta" y series como "Contravía",  "La Vida en Juego", "La Verdad sea Dicha" producida por el Instituto Popular de Capacitación, y "Nunca Más" impulsada por la CNRR. Estas series, sin embargo, han sido transmitidas en su mayoría por el canal institucional, el canal universitario Zoom, y señal Colombia, y en poco han permeado la televisión comercial en sus horarios prime.

El problema no es de rating: en Argentina, por ejemplo, una serie comercial ganadora del emmy, "Televisión por la Identidad", giraba alrededor de los desaparecidos. El problema es de voluntad política. ¿Si hay espacio para los -en muchos casos sosos- informes del noticiero de la cámara, o las aburridas presentaciones de los partidos políticos en campaña, cómo puede no haber un espacio para documentales que conmueven el alma hasta el tuétano, que mucha gente vería sin problemas, y que de paso nos enseñarían algo sobre el origen de nuestra tragedia?

La ley de víctimas es insuficiente también en materia de educación
La otra ruta para reconstruir la memoria histórica es el cambio pedagógico. Sin embargo en esta área, el panorama es aún más oscuro, como lo señala Tatiana Acevedo cuando evalúa los recuentos de la violencia reciente en los libros de texto. La mención a las víctimas, particularmente si estas son de izquierda, es marginal e imprecisa. Al respecto, la ley de víctimas establece que el MEN fomentará “programas y proyectos” enfocados en la restitución, el ejercicio de los derechos y el desarrollo de competencias ciudadanas. El proyecto de decreto reglamentario, hecho público hace poco, por su parte, se deshace del problema y lo supedita al plan al Plan Nacional de Educación en Derechos Humanos (PLANEDH). Éste último documento a su vez presenta un panorma amplio de lo que debe ser la educación en derechos humanos, incluyendo, entre otras, componentes como las actitudes y valores, las competencias, el conocimiento de los derechos humanos y el reconocimiento de la historia. El riesgo es que es difícil saber a partir del documento, qué pasará con la educación en lo relativo a la imagen de las víctimas. Esto depende del delicado equilibrio entre los diferentes elementos señalados en el documento. Es posible, por ejemplo, que una educación enfocada mayormente en competencias puede olvidar a las víctimas.

La comprensión histórica, como todo el razonamiento humano, es de dominio especifico. Esto quiere decir que uno no puede aprender a ser tolerante en abstracto. La tolerancia en el micro nivel no es suficiente. Muchas de las personas que observaron silenciosamente el holocausto, por ejemplo, eran buenas en el sentido interpersonal, buenos ciudadanos, vecinos respetables. Pero, en ausencia de una comprensión histórica compleja y un entendimiento de los factores que mueven la historia hacia destinos trágicos, muchas de ellas se convirtieron en cómplices de la barbarie. Una educación para la memoria histórica necesita mostrar qué pasó con nombres propios e incluir a todas las víctimas, incluyendo por igual a secuestrados y a víctimas de las masacres de todos los actores del conflicto, en un currículo esencial que todo ciudadano deba saber.

Coda
Para iniciar este blog, elegí deliberadamente el título del libro de Mary Daza Orozco sobre la violencia en Urabá hace 20 años, porque creo que éste debería ser parte, entre otros muchos documentos, de un currículo en historia que funcione como una forma de reparación simbólica. Un currículo que nos saque de este ambiente posdictatorial en el que en el imaginario popular, la barbarie contra las víctimas -el sendero de recuerdos insepultos digno de una tragedia griega al que ha tenido que enfrentarse cada una de ellas- nunca sucedió, y en el que si algo pasó, como he oído múltiples veces, “fue porque algo debían”.


Ps: Para detalles metodológicos y otras discusiones ver en La Silla Vacía los primeros comentarios en orden cronológico.




El nuevo movimiento estudiantil y el fin de las pedreas


Por Javier Corredor
Las marchas contra la reforma a la ley de educación superior han hecho visible un nuevo movimiento estudiantil caracterizado por acciones simbólicas que pacíficamente buscan alcanzar un alto impacto mediático. No es por eso gratuito que entre las notas destacadas de las noticias de la noche se presentaran imágenes de los estudiantes abrazando a los policías antimotines, o que en la prensa nacional se hiciera referencia recurrente al carácter pacífico de la mayoría de las manifestaciones. Este movimiento parece haber encontrado un punto de inflexión frente a formas de protesta caracterizadas por enfrentamientos violentos con la fuerza pública. En alguna medida, lo que esta nueva forma de expresión ha hecho es catalizar un sentimiento existente desde hace rato en las comunidades universitarias: que las pedreas no tienen fin, objetivo, y que es tiempo de terminarlas. 
Es posible y necesario en toda democracia tener diversas opiniones sobre las virtudes de la reforma. Por citar sólo un ejemplo, algunos de los autores de este blog tienen una opinión diferente a la mía en relación con el rol del sector privado en el aumento en la calidad de la educación, y por esa vía una opinión positiva sobre las virtudes de la reforma. En una cosa, sin embargo, podemos estar de acuerdo: una transición a formas de manifestación política pacífica representa un avance frente a los actos violentos que han caracterizado en el pasado a un sector del movimiento estudiantil y han servido para estigmatizarlo.
En alguna medida, el florecimiento de este nuevo movimiento ha sido facilitado por un  sentimiento de agencia mediática originado en el acceso a medios digitales. Los estudiantes se sienten empoderados y, a diferencia de sectores menos globalizados de la protesta, entienden que los medios alternativos les permiten manifestarse más allá de las restricciones de la prensa oficial. En los nuevos medios, también, los estudiantes adquieren conciencia mediática y pueden mirarse al espejo. Saber qué se ve bien y qué se ve mal frente a la opinión pública. En la misma línea, es claro que las formas de manifestación expresadas han sido inspiradas, vía youtube, por las recientes protestas en Chile.
El éxito de un movimiento de este tipo, sin embargo, depende de varias cosas. Primero, necesitan ejercer control político y transformar en votos efectivos (particularmente para el legislativo) sus posiciones. Sin un seguimiento a los parlamentarios encargados de discutir el proyecto, y un costo político asociado a sus posiciones, es muy difícil que los estudiantes logren influir en la redacción final de la reforma.
Segundo, necesitan elegir las batallas y alejarse de generalizaciones improcedentes. La discusión no es si hacer o no una reforma a la ley 30 (al fin y al cabo la ley 30 es inviable desde hace rato), tampoco es sobre abstracciones relativas a la privatización y al modelo neoliberal, la discusión es en qué forma se distribuyen los recursos asignados en relación con las metas de cobertura y si estos son suficientes.
En este mismo sentido, los estudiantes necesitan saber cuándo y en qué puntos ser flexibles. Entender, por ejemplo, que el problema no es con los rectores de las universidades públicas, y que en algún punto son más efectivas, en términos de opinión, marchas masivas repetidas constantemente que el desgaste de un paro de seis meses.
Tercero, los estudiantes necesitan construir un nuevo lenguaje que sea accesible a todos los ciudadanos, particularmente los menos educados, y alejarse de la retórica de cierta parte la izquierda caracterizada por abstracciones inentendibles. Esto es, evitar perderse en palabras que de tanto repetirse se han vuelto vacías como “ideología neoliberal”, “gobierno títere” “proletariado y plusvalía” “penetración cultural” “imperialismo”, “oligarquía” o “lucha”.
Finalmente, el nuevo movimiento tiene que mantener distancia frente a los sectores que dentro de la protesta estudiantil, y dentro de la izquierda misma, propenden por una confrontación violenta, aquellos que creen en agudizar las contradicciones, en que la piedra -y no la política- liberará a Palestina, y en todos los otros lugares comunes de la izquierda de la guerra fría.
La pregunta es: ¿Podrá este nuevo movimiento estudiantil lograr lo que siempre hemos querido aquellos que nos adscribimos a la izquierda moderada -orgullosamente rosada frente a los rojos encendidos de la vieja izquierda- que es acabar con formas de manifestación violentas, y de paso contraproducentes, y remplazarlas por nuevas formas de participación? ¿Será este el fin de las pedreas?

domingo, 7 de octubre de 2012

Jorge Larreamendy-Joerns (1964-2012)

“who taught me that curiosity is the beginning of all science”
En los malos momentos, solemos olvidarnos de las buenas horas. Por eso quisiera escribir de la forma en que siempre recordaremos a Jorge. Lo recordaremos con un cigarrillo en la mano, mientras lee un paper de cualquier estudiante en el tercer piso del G; lo recordaremos creyendo en la belleza de las palabras a pesar de los tecnicismos de la academia, insistiendo en la narrativa como en forma de convertirse en otro, sonriendo ante el provincialismo soterrado de alguna parte de la academia colombiana. Jorge se negó a publicar por publicar o a creer en el impacto sin el dialogo. No le importaba donde estuviera su grupo de Colciencias en tanto lo que se dijera allí fuera relevante. En una academia plagada de vacas sagradas, cuyo ego en muchos casos trasciende el poder de su talento, Jorge fue un intelectual global con el que se podía hablar de cosas simples: De él aprendimos que la diversidad de la psicología es lo que cuenta, que las diferencias culturales nos acercan, que para mandar un mensaje a la familia en el 96 tocaba a ir a una sala especial del Posvar Hall, que el verdadero pandebono no tiene bocadillo, y que hay tres reglas en la vida… Jorge era un tipo que podía entender la complejidad de la ciencia e ir sin odio de una explicación desde la psicología cognitiva a la reflexión desde la perspectiva socio-cultural. En una sola conversación, muchos lo vimos describir el funcionamiento de los modelos de inteligencia artificial, y después hacer una defensa de Lacan, o explicar discusiones epistemológicas con una cita de la literatura clásica. Quienes lo conocimos desde diversos roles, extrañaremos las hojas garrapateadas con correcciones, su firma en los libros de Simon, el acento caleño disimulado para cuadrar con el frío bogotano, su humor sin pretensiones, y la paciencia de quien enseña con el ejemplo, de quien cree que no hay que sermonear sino mostrar, de quien no práctica el networking porque sabe que los buenos argumentos se sostienen solos; extrañaremos su obsesión con la historia disciplinar como una fuente de inspiración e insight, y también la receta exacta del Pad-thai de los carritos que se parqueaban al frente de la Hillman library, que él con humildad fue a pedir antes de regresar a Colombia. Extrañaremos la forma en que elegía cuidadosamente cada palabra en sus textos al punto que, como una vez me confesó en el tiempo que compartimos oficina en Pittsburgh, se podía gastar todo un día escribiendo un sólo párrafo. Un estilo tan propio que más de una vez en revisiones anónimas para revistas era posible adivinar que era él quien estaba al otro lado. Quizá por la influencia de Estanislao Zuleta, su mentor, Jorge nunca abandonó las grandes preguntas, y combinó como nadie la reflexión fundamentada en las fuentes de la filosofía de la tradición continental, con la lealtad a los datos de quienes fuimos entrenados en la tradición norteamericana. Su legado no está en las múltiples distinciones que recibió a nivel internacional, no es la beca de la Spencer Foundation que se ganó para terminar la tesis de doctorado, ni siquiera está en la labor que llevó a cabo en los últimos años como editor en jefe de Mind Culture and Activity, o como miembro del comité editorial de la Review of Educational Research quizás dos de las revistas más importantes en educación en el mundo. Su legado vive en nosotros, quienes compartimos con él como estudiantes y colegas, vive en sus textos, en su labor como director del departamento de psicología de los Andes que en los últimos años le dejo al país un departamento formado al nivel de los mejores de Latinoamérica y que trajo quizá la más importante serie de presentadores internacionales que se haya visto jamás en Colombia (Jean Lave, Ellice Forman, etc). Su legado está también en aquellos que en la universidad pública vieron en él un modelo de rol para apostarle a nuevos rumbos, o los que, bajo su consejo, elegimos la universidad pública como proyecto. Su legado está en nosotros: los que aprendimos de él a escribir, y a creer que aún puede haber belleza en lo que hacemos desde las aulas ruidosas de la academia.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Construir una Nación Futbolística: Cultura y Proceso


Finalmente ha llegado el momento de cerrar la serie de tres posts que componían construir una nación futbolística. Y ha llegado en el peor momento, porque tras las esperanza momentánea contra Bolivia, la desilusión pasajera con Venezuela, ha llegado la derrota de local y con ella la triste realización de lo que somos. Nada que no se haya dicho en los post anteriores: chistes malos durante el partido y poco entendimiento de lo que estaba pasando, lugares comunes como hay que ir pa´ lante, y poca conciencia de la forma en que el equipo no podía sostener la pelota y se perdía en un ímpetu vacío.  Con esto en mente, y para no repetir el diagnostico ya hecho la pregunta es ¿Cómo convertirnos en una nación futbolística? Hay dos rutas determinadas claramente por la literatura psicológica: el proceso y el cambio cultural. 

Empecemos por lo más fácil: el proceso. Herbert Simon propuso que el surgimiento de la experticia requiere diez años de práctica en un área determinada. A través de estudios biográficos, y respaldado en modelos de simulación, logró mostrar que incluso los llamados niños prodigio en áreas como la música producen su primera obra relevante a los 10 años de haber empezado a trabajar en el área. Ericsson, por otro lado, logró mostrar que el tipo de práctica que se requería para el desarrollo de la experticia implicaba la solución deliberada de tareas complejas y variables. Las implicaciones de esto para la construcción de una nación futbolística son obvias: Un equipo de fútbol que cambia cada cinco veces de técnico no puede ganar; un equipo que utiliza una nomina de cincuenta y pico jugadores en una eliminatoria o que cambia cinco jugadores entre un partido y otro, no puede desarrollar las dinámicas de reconocimiento y reacción que caracterizan a los expertos. Con todo y todo, tenemos el mismo síndrome que los argentinos: cambiamos al técnico a última hora y por eso los jugadores no han desarrollado la memoria muscular, el automatismo, que les permita coordinar sus acciones en tiempo real. Se vio muchas veces durante el partido contra Argentina como el jugador que debía correr por la banda se quedaba estancado, mientras el volante se paralizaba frente a la presión del rival. Hay una palabra que nos hace falta en el léxico: “Bancar”. Bancar al técnico en las malas como los ingleses a Fabio Capello después de su modesta participación en el mundial. Nos falta también mantener los técnicos como los uruguayos a Tabárez durante cinco años, o como los dirigentes del Manchester a Ferguson. Hemos aprendido paulatinamente como nación que no debemos cambiar la constitución como un remedio para nuestros males, es hora de que hagamos lo mismo con nuestro juego: no es cuestión de jugar con pelota al pie o con pases largos, es cuestión de conocer un estilo, cualquiera que este sea, a la perfección. Esa es la ruta corta: ya que no somos por vocación una nación futbolística, no está en nuestra cultura, debemos buscar respuestas en procesos sostenidos, como, por usar un ejemplo cercano, el de Venezuela. 

La ruta larga es el cambio cultural. Los niños que crecen en una cultura que respeta la pelota, o que oyen recurrentemente dichos futbolísticos (e.g., toco y me voy, para tocar y hacer paredes; saque si quiere ganar para que los defensas no se pongan a regatear) se interna en la práctica deliberada por diez años o más, a través de actividades informales. Entender que no somos una nación futbolística implica cuestionarnos a nosotros mismos y a partir de ahí empezar a construir, con cambios pequeños pero sostenidos, los elementos que produzcan los jugadores del futuro. Por decir algo, un padre de familia que le enseña a su hijo que la esencia del fútbol es esquivar a cuatro jugadores y hacer el gol individualmente, empezaría a cuestionarse y a explicarle a su hijo que pasar la pelota (como no hizo Zúñiga cuando el gol estaba hecho contra Argentina) o bajar a marcar, es tan o más importante que hacer los goles. Así la esencia del juego tal vez puede llegar a las próximas generaciones y nuestro país acostumbrado a despreciar a los volantes de recuperación y a desconocer a los jugadores colectivos (como Teo) empezaría por primera a vez a entender de que se trata el fútbol  La teoría socio-cultural que sostiene la cultura como explicación y la psicología cognitiva que estudia las características de la práctica y las representaciones de allí derivadas, no son contrarias, y señalan claramente los pasos a seguir.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El Error del Mundial: Publicidad, Cultura y Fútbol

El error fue creer que se puede crear una cultura de la nada, que basta con producir un eslogan pegajoso y suponer lo que no somos para lograr lo que a otros países les ha tomado decadas. La publicidad colombiana desprovista de referentes no fue sino un síntoma más de lo que nos condena a no ganar: Colombia no es una nación futbolística. Y en vez de aceptar ese hecho y construir a través de procesos y de una reflexión profunda sobre lo que somos como cultura y sociedad, la dirigencia y particularmente los financiadores se aferraron a la esperanza fútil de que un buen publicista resolvería el problema.

El error fue también creer que se puede hacer buena publicidad (y por la misma ruta literatura, arte, fútbol y comida) sin entender nuestra tradición y sin aceptarla. Prueba de ello es, como señalé en posts anteriores, el hecho de que la publicidad utilizada para el mundial estaba desprovista de referentes futbolísticos específicos. Uno podría intercambiar palabras en los eslogans y no cambiaría nada. (“Colombia el país donde la cerveza se baila” “Colombia el país donde la cocina se baila” etc); podría cambiar palabras en las rimas y hacer un comercial para cualquier otro país de Latino América (e.g. “que tal si esta vez clasificamos al mundial de primeros sin repechaje y sin tantos agüeros”). Por contraste, la publicidad hecha en naciones futbolística no podría ser exitosa sin referirse en alguna medida a la esencia del fútbol como juego y fenómeno cultural. Por ejemplo, esta propaganda es de dominio específico: sólo podría entenderla quien haya jugado al fútbol y esperado media hora a que le llegue un pase mientras otro jugador se come el partido en regates inútiles. Esta otra por ejemplo requiere sentarse y pensar la historia de Argentina como nación futbolística y revisar horas de video para encontrar el gol de Ayala. Ésta implica recorrer las grandes tragedias fútbolisticas de una nación y volverlas un cuento para niños. Estas dos conectan la tristeza de una nación en problemas, con la esperanza momentánea y fútil -pero esperanza al fin y al cabo- del juego. Ésta, finalmente, requiere saber que la “pelota no se mancha” y lo que eso significa (1:02) 

La buena publicidad sobre fútbol debería mostrar la mezcla agridulce que implica ir al estadio, los hinchas y sus contradicciones, las rivalidades, el origen cultural del juego, y el amor como metáfora. Se hubiera podido hacer algo con buenos deseos atendiendo a las diferencias entre los hinchas de grandes equipos, bromear sobre el tiempo que nos toma ir a un mundial, especular sobre la genética y el juego o sobre la excesiva estilización de las superestrellas que desconoce el valor de los volantes de marca. Se podría incluso haber hecho algo bonito, casí cursi, sobre la experiencia colectiva del juego y lo que no se puede decir con palabras.

Pero nada.

Tal vez la única propaganda que valió la pena en nuestra larga historia futbolística fue una que, antes del mundial del 94, presentaba a los jugadores de la selección diciendo frases bíblicas. Me acuerdo que decía “y Aristizabal dijo a los fariseos con la barra que mida serás medido”. Tristemente, este comercial duró un fin de semana al aire; tal vez alguien se ofendió, por lo de las referencias religiosas, o, de pronto, nadie lo entendió porque pocos sabía entonces que el fútbol en vez de un juego es una religión.

Creo además que la publicidad presentada para el mundial es sintomática de una nueva forma de asumir nuestra tradición sin entenderla, sin preguntarse siquiera cuál es, y distribuirla en versiones light desprovistas de toda la complejidad de la cultura popular. Como si un hipster importado pudiera entender lo que significa jugar al fútbol. Alguien señaló hace tiempo “escribe sobre tu pueblo y serás universal”. Esta frase parece haber sido olvidada no sólo por nuestros publicistas, sino por los agentes en diversos niveles de decisión en Colombia. Ahora, por ejemplo, se puso de moda cambiarle el nombre al tinto y llamarlo café americano. La última vez que chequeé el café americano era tan malo que tenían que ponerle sabor a hazelnut para venderlo. Lo paradójico es que en algunos restaurantes play de Bogotá, los meseros parecen no entender la palabra “tinto” y lo miran a uno con sospecha, casi con desprecio, cuando decide negarse a asumir las prescripciones del publicista/gerente de turno. En la misma línea, un conocido restaurante de Bogotá de larga tradición en comidas locales, ha decidido llamar “ropavieja” al “calentado”. Señores!, “ropavieja” es un plato cubano parecido a la carne desmechada, no tiene arroz, ni papa. Hay lugares donde el nuevo nombre para la “changua” es “sopa de pan” o “sopa blanca”, y miran mal a quien la pide con otro nombre. Los ejemplos se podrían extender infinitamente a dominios diversos como la producción cultural o las prioridades desarrollo. El punto es, volviendo al fútbol, que es imposible cambiar lo que somos sin sentarnos a pensar que somos en realidad, con la complejidad y las contradicciones que eso implica. Una visión monolítica acrítica de la cultura es tan dañina como una negación de ésta. Durante los días del mundial, colgaba en El Dorado una pancarta que decía: “Colombia, el país de los anfitriones”. Abajo, en el frenesí del desembarco, la gente se le colaba a los extranjeros que esperaban amablemente porque todavía no conocían las prescripciones de la cultura del vivo y la regla compartida por todos aquí de no dar papaya.

En fin, volviendo al fútbol, debemos pensar qué opciones tenemos. La respuesta está en realizar procesos de largo plazo que en una forma sostenida modifiquen nuestra forma de jugar y de entrenar tanto a nivel del equipo mayor, como en el nivel de las escuelas de fútbol y del barrio; procesos que modifiquen nuestra forma de entender el juego. En el próximo post, intentaré reflexionar sobre lo que un proceso significa -en términos cognitivos y socioculturales- y sobre el papel de los medios y la cognición en ésto, usando el fútbol, por supuesto, como una excusa para hablar de otras cosas.